Por qué me alejé del feminismo

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Por Melina del Castillo.

En los últimos años, el feminismo cobró una popularidad nunca antes imaginada. Y como con todo movimiento que alcanza la masividad, llegan los misconceptions (perdón por usar inglés, pero creo que “conceptos erróneos” no representa simbólicamente lo mismo que esta palabra). ¿Qué quiero decir con esto? Que se empezaron a usar tantos términos de forma tan repetitiva y alejada de su significado real, que pasaron a perder valor. 

Es lo mismo que pasa cuando repetís una palabra por mucho tiempo, por ejemplo. Si vos decís “casa, casa, casa, casa, casa, casa, casa, casa, casa…” un millón de veces, llega un punto en el que pasa a perder el significado original. ¿Qué es una casa? ¿Por qué una c, una a, una s, y otra a tienen que representar algo? ¿Es casa o caza? No se entiende. 

Cuando somos muy repetitivos, lo que decimos deja de escucharse, pasa a ser rechazado por los que quieren encontrar cualquier excusa para ignorarnos, y las cosas siguen igual que siempre, pero con nosotras mucho más enojadas y angustiadas. 

Y ese rechazo del discurso por parte de quienes se niegan a escucharlo, es lo que me empujó a hacer una pausa, a buscar reordenar las ideas para plantearlas desde otro lugar. Y no, lamentablemente todavía no llegué a una conclusión, solo sé que tenemos que plantear una nueva estrategia porque así no podemos seguir, porque nos estamos boicoteando. Ya pasa a ser una cuestión de supervivencia. 

¿Queremos que el cambio llegue? Sí. ¿Estamos todxs listxs para que suceda? Sinceramente creo que no, y tampoco creo que seguir gritando lo mismo una y otra vez sea la manera. Porque como cuando te parás en 9 de Julio y Corrientes por horas, el ruido del tránsito que en principio te molestaba, de repente pasa a un segundo plano y dejás de escucharlo, porque ya te acostumbraste. 

El acostumbramiento no es lo que buscamos, porque es lo que teníamos. No queremos normalizar las cosas. El objetivo del movimiento es, valga la redundancia, seguir en movimiento, seguir creciendo, incorporando nuevos conceptos, nuevas ideas, nuevas voces y nuevas preguntas. 

Las masas siempre buscan a alguien que les sirva de líder, alguien que las guíe y les diga qué deberían pensar, hacer y decir. Pero las masas no son homogéneas, las masas se componen de individuos, con perspectivas muy distintas. Y el mayor peligro de las masas, es su potencialidad para convertirse en algo sectario, donde quien piense diferente o cuestione “al líder” pasa a ser rechazado, expulsado y marginado. 

El feminismo actual se convirtió en una masa, y en mi opinión, está pasando por un momento bisagra, en el que por un lado muchos, muchas y muches buscan enmarcarlo en ciertas reglas impuestas en el colectivo por vaya-uno-a-saber-quién; y por otro, se sostiene que es una revolución sin referentes, que se construye a sí misma desde la gente. Pero esta última concepción se aleja del concepto de masa, y en un país históricamente polarizado como es Argentina, la sociedad no sabe muy bien cómo responder a esta contradicción. 

Y acá es cuando empieza el caos: cuando ante la falta de certeza se opta por atacar al de al lado, cuando se busca desesperadamente a un líder que nos diga cómo debemos comportarnos, pero a la vez sostenemos que somos un movimiento sin líderes, y cuando preferimos hacerle frente a la incertidumbre elevando nuestro propio razonamiento (personal e individual) a la “palabra santa”. Así se empiezan a masificar las ideas que circulan por Twitter, que nos dicen cómo tenemos que actuar de ahora en más en ciertas circunstancias, cuando nadie está en verdad preparado para hacerlo, porque todos nacimos en la misma sociedad, bajo las mismas reglas patriarcales, pero con distintas posibilidades económicas y culturales.

¿Desde cuándo se expulsa a las mujeres trans de las marchas o encuentros? ¿Por qué un hombre no puede ser parte del movimiento, si muchos también son víctimas del mismo sistema? O mejor dicho: ellos tampoco eligieron crecer en él. ¿Quién nació con la Diplomatura en Feminismo bajo el brazo? ¿Cuándo aparecieron el elitismo y la monopolización de las ideas? ¿Quién es más o menos feminista en esta sociedad fundada sobre la desigualdad? ¿Por qué nos ensañamoz con criticar al de al lado por expresarse de tal o cual manera, cuando nadie en verdad nace sabiendo? ¿Qué pasó con el derecho a réplica y la posibilidad de aprender de nuestros errores? ¿Adónde quedó la empatía?

Tenemos que querer seguir generando incomodidad, tenemos que plantear nuevas dudas, incluso cuestionando al propio movimiento, porque es nuestro deber como seres humanos, como feministas, como individuos, cuestionar tanto la sociedad que hoy existe como la que tenemos intenciones de fundar. Porque si algo aprendí en estos años estudiando y ejerciendo la publicidad, es que nunca tenemos que quedarnos con la primera idea que se nos aparece: siempre hay que cuestionarla y ponerla en duda, para eventualmente llegar a formular una mejor y más completa. 

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