#PalabrasDe: Natalia Rozenblum

Natalia Rozenblum nació en Buenos Aires en 1984. Estudió filosofía en la Universidad de Buenos Aires. Fue jugadora de ping pong, pero ahora prefiere el metegol. Dicta talleres literarios desde 2008, empezó con grupos de abuelos y después los abrió a jóvenes y adultos. Tiene una librería que se llama La Vecina Libros y una perra que se llama Amiga.

Publicó la novela Los enfermos (2016), y los libros objeto Cuaderno de escritura (2018) y Cuaderno de creatividad (2019), recopilaciones de claves y ejercicios para escribir y crear. Baño de damas ganó una mención en la Bienal de Arte joven de Buenos Aires en 2017.

En esta nueva entrega de #PalabrasDe, publicamos un fragmento del primer capítulo de “Baño de Damas”, su nueva novela:

Deje la cortina estirada para evitar hongos

Ana Inés despegó la malla a la altura del pecho y esperó a que se llenara de agua. El agua le endureció los pezones y se metió en el entramado de la tela. Sacó las tetas por el escote para poder pesarlas con las manos; le pareció que estaban más livianas, tal vez había adelgazado un poco. Eran grandes y tenían forma de gota. Sin apoyarse en las paredes, bajó los breteles y deslizó la malla hasta dejarla caer en el piso mojado. Se felicitó porque todavía lograba mantener el equilibrio. Recién cuando se agachó para agarrarla, sintió que no iba a ser tan fácil volver a pararse, pero estaba sola y no tenía que disimular. Siempre salía quince minutos antes de la clase de aquagym para tener las duchas libres. Agarró el jabón y se levantó el rollo de la panza, se limpió bien y después se pasó una esponja por los brazos. Los husmeó: podía oler el cloro de todos los años que llevaba en la pileta. Eran capas y capas que se habían transformado en piel. Bajó despacio las manos y dejó que los dedos se hundieran en la entrepierna. Cerró los ojos; las yemas recorrieron los pliegues mientras el calor inundaba la zona.
Alguien abrió la cortina de un solo tirón. Era una nena vestida con un conjunto de jogging; tenía puesta una gorra y unas antiparras oficiando de máscara. Las dos quedaron enfrentadas, en silencio. Ana Inés dejó una mano quieta y con la otra le hizo el gesto de espantar una mosca. La nena agarró la malla y salió corriendo. Ana Inés se apenó de que la hubiera interrumpido, pero sonrió como si hubiese sido ella quien hiciera la travesura. Se había enterado de esa nueva modalidad delictiva en el club desde hacía algunos meses. Todo aparecía por arte de magia un día más tarde en la jaula de las cosas perdidas.
Se enjuagó, cerró la canilla y caminó, despacio para no resbalarse, al salón de los casilleros. Esos eran los únicos minutos en los que ella se permitía estar desnuda en un lugar semipúblico: no había cortinas y en cualquier momento se podía llenar de gente. Le gustaba sentarse en el banco que tenía la pintura ajada y mirar el espacio como si fuera la dueña; si todo salía bien, en unos meses tendría un rol parecido. A lo único que no quería enfrentarse era al espejo. Entrecerró los ojos y miró el reloj de pared; faltaban unos minutos para que terminara la clase. Abrió el bolso y buscó el toallón; cuando lo sacó, descubrió que debajo había un tupper. Esa había sido su hija. ¿Por qué se seguía metiendo en sus cosas? Igual lo abrió. Era torta de manzana, su preferida. Cortó un pedacito y dejó que la masa se ablandara con la saliva. Le encantaba que se pareciera a las galletitas mojadas en el té. Después acomodó las porciones para que no se notara que había comido.
Las voces de algunas de las chicas empezaron a subir desde la pileta. Ana Inés se apuró a envolverse en el toallón; ató las puntas debajo de una axila, mientras el resto de la tela se abría dejando ver parte de su cuerpo. Pero las chicas siguieron de largo hacia las duchas sin reparar en ella. Entonces volvió a abrir el tupper y agarró otro pedacito. Cuando se dio cuenta de que las que venían eran Beta y Silvita, se apuró a tragar lo último que tenía en la boca. Se pasó la lengua por los dientes como si fuera un parabrisas y escarbó al fondo para sacar los restos.
—¿Qué estás comiendo? —le preguntó Silvita y empezó a desnudarse al tiempo que caminaba. Era flaca, alargada, y la gente decía que tenía sesenta; más, imposible. Pero tenía setenta y cinco, la misma edad que Ana Inés; sus mamás se habían embarazado juntas y se criaron como primas.
—Nada —respondió Ana Inés envidiando la comodidad con la que se movía. Le miró las piernas. Tenía más piel que carne, una funda con poco relleno. Subió al ombligo pispeando el cavado lleno de pelos que Silvita no se había depilado nunca, porque decía que a las rubias ni se les veían. De ahí sus ojos saltaron directo a la cara.
—Vamos, que nos conocemos.
—Tapate —siguió Ana Inés sin mirarla. Nunca se había podido acostumbrar a la cicatriz de la teta cortada: una línea hundida que parecía guiñarle un ojo.
Silvita respondió sacudiendo el torso como si fuera un carnaval.
—Estás comiendo torta de manzana —dijo Beta moviendo las fosas nasales como un perro—. La puedo oler. —Y se cambió la malla por la ropa interior.
Tenía el cuerpo marcado por curvas que parecían sonrisas: las rodillas, la panza y las tetas. Era un cuerpo aparentemente contento, sin cicatrices visibles. El pelo rojo le rozaba los hombros y le tapaba las orejas. Estaba seco porque decía que le hacía mal a los oídos meter la cabeza debajo del agua, pero se sabía que era por el audífono.
Ana Inés se preguntó si Beta no se iba a bañar, pero no dijo nada y buscó el tupper. Estaba transpirando; todo se había llenado de un vapor pegajoso y podía sentir algunas migas que habían quedado atrapadas entre el toallón y su pecho.
—Esto es obra de tu hija —dijo Silvita y cortó un borde.
—Sí.
—¿Sigue quedándose en tu casa?
—¿Qué? —interrumpió Beta.
—Le cortaron el gas —respondió Ana Inés.
—¿No se habrá separado de nuevo?
—Beta empezó a maquillarse: los párpados de rosa fuerte, la boca de rojo, mucho colorete.
La puerta de entrada hizo un chirrido y Ana Inés atinó a asomarse. No iba a responder esa pregunta, no le interesaba ventilar sus asuntos personales en el vestuario y además no lo sabía. Marisa evitaba contarle ciertas cosas, sobre todo después de separarse tres veces de Sergio y volver las tres veces con Sergio, en apenas dos años. Ana Inés pensaba que con casi medio siglo de vida su hija merecía privacidad y ella, ahorrarse esos problemas.

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