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Tu trend me violenta

Por Julia Rayeb, Silvana Montezuma Urrutia y Daniela Di Bella

Un pueblo del interior de Argentina. Una estación de servicio. Una creadora de contenidos independiente que graba un video para su cliente siguiendo un trend que varias marcas ya hicieron. Pero no es cualquier trend: en este se repite la escena de varones actuando en complicidad para deshacerse de una mujer insoportable golpeándola y metiéndola en una bolsa o en una caja. Este trend se comparte en redes como si fuera humor. 

Hasta que no. 

Porque el video de la Shell de Entre Ríos se vuelve viral y dispara una ola de repudio que toma escala regional y vuelve a poner a la violencia de género en el centro de la conversación.

Pero eso es solo una parte de la historia.

Publicidad y cultura: una relación de poder

En los 50 era común ver avisos donde un hombre usaba a su esposa como alfombra o la golpeaba “por comprar mal el café”. Era una violencia explícita que estaba normalizada en la sociedad y legitimada en las páginas de revistas y carteles. En las décadas siguientes la violencia se volvió más sutil pero no menos dañina: mujeres relegadas al rol de amas de casa felices, objetos sexualizados para vender autos o cerveza, secretarias obedientes siempre disponibles para el jefe. Cada época encontró su manera de poner a la mujer en su lugar: un lugar secundario, que solo cobraba valor por ser objeto de deseo o de servicio.

La publicidad nunca fue inocente. Es una de las grandes constructoras de sentido de la cultura contemporánea: moldea imaginarios, legítima estereotipos, jerarquiza cuerpos y voces.

En los últimos años desde los feminismos instalamos con más fuerza la necesidad de pensar campañas libres de violencias, con perspectiva de género y de derechos humanos. Denunciamos, reflexionamos y capacitamos y empezamos a transitar un camino hacia una industria que aprendió a vender sin violentar a las personas. ¿Cómo es que en 2025 llegamos a producir – y reproducir- contenidos que hacen claras alegorías femicidas como si fueran humor? ¿Cómo es que luego de aprendizajes que parecían claros estos contenidos se aprueban y nadie dice nada hasta que salta la térmica?

El trend como síntoma

Que en 2025 un trend violento se vuelva masivo nos habla de algo mucho más profundo que un error individual. Nos dice que todavía hay una cultura que valida la violencia contra las mujeres como entretenimiento. Que sigue siendo aceptable burlarse de “la de marketing” —ese rol feminizado y desvalorizado— como si fuera natural convertirla en víctima.

Si el chiste hubiese tenido como protagonista a una persona afrodescendiente, ¿alguien lo hubiese hecho con cadenas? ¿O con una persona judía y hornos? Sabemos que no. El límite existe. ¿Por qué entonces las violencias machistas siguen siendo tratadas como un chiste?

El video que pone en escena un femicidio disfrazado de humor como modo de disciplinar y acabar con la molestia que genera “la chica de marketing” subido desde las cuentas de Shell Crespo no se trata de un caso aislado, sino de una tendencia que también ha sido replicada por subsidiarias de YPF y otras marcas. Contenidos que tienen algo en común: la burlada siempre es una mujer y ella es muy fastidiosa. Y esto se vuelve bastante peligroso porque construye una narrativa en la que se justifica el disciplinamiento de las mujeres. 

Burlarse “de la de marketing” como la demandante, la insoportable, la insufrible que quiere que todos hagan determinada cosa para generar contenido —que es básicamente su trabajo—, es parte del relato que la construye como merecedora de ese disciplinamiento. Ya ese punto de partida es problemático y sin embargo, el trend redobla la apuesta y tal y como se ve en el video de la Shell, los molestados resuelven librarse de ella secuestrándola, metiendola en una bolsa de basura y dársela al dueño de una traffic blanca con tal de no verla nunca más. ¿Qué valor tiene la vida de las mujeres si otras personas pueden decidir su destino porque sí?

Este trend es femicida no solo porque explícitamente muestra cómo matar y desaparecer a una mujer sino que nos recuerda a otras víctimas de femicidio que fueron encontradas en las mismas condiciones: Ángeles Rawson, Valentina Cancela, Debanhi Escobar, Stephanie Flores y Melina Romero, por mencionar algunos de los tantos casos de la región.

La de marketing, la corpo, y la perspectiva de género

Bajaron el video, pidieron disculpas, prometieron acción. Pero en el medio, la persona más expuesta vuelve a ser una mujer: la creadora independiente que grabó el video. Hoy, es ella quien está recibiendo odio y hasta amenazas desde todo el país.

Otra vez, el dedo acusador cae sobre la persona con menos poder en la cadena. Otra vez, una mujer convertida en chivo expiatorio de una industria que reproduce violencias estructurales y después se lava las manos con un comunicado. Cancelar a una creadora no va a cambiar nada si no cuestionamos la cultura que habilita este tipo de contenidos. Porque, ¿quiénes somos responsables de la viralidad de ciertos contenidos? ¿Qué tipo de interacciones se buscan? ¿Y la responsabilidad de la marca?

El caso Shell no es solo un error de criterio. Es una prueba más de cómo la violencia de género sigue normalizada en la comunicación, ahora amplificada por la lógica de las redes. Y frente a eso, solamente hay una respuesta: la acción.

No alcanza con indignarnos en redes ni con comunicados tibios. Como industria, como mujeres, exigimos marcas, agencias y creadores que asuman su rol como actores culturales, no solo comerciales, Plataformas que regulen y frenen la circulación de contenidos violentos. Procesos de trabajo con perspectiva de género como condición básica, no como un extra y un compromiso activo con transformar los imaginarios que hoy siguen naturalizando la violencia contra las mujeres. Y reforzamos un límite claro: el marketing no puede ser un espacio para reproducir violencias en nombre del humor, de la viralidad o de la creatividad.

Este límite se establece con:

  • ·   Capacitaciones obligatorias en perspectiva de género para agencias, marcas y productores de contenido.
  • ·   Protocolos de revisión previos que pongan los derechos humanos en el centro.
  • ·   Responsabilidad real de las marcas: no basta con bajar el post, hace falta hacerse cargo culturalmente, y a largo plazo.
  • ·   Redes de apoyo y contención para quienes crean contenido y se exponen al escrache masivo.

La comunicación no solo refleja la cultura: la produce. Y si la publicidad tiene poder para instalar consumos, también tiene poder —y obligación— para construir una cultura más justa y segura para todas las personas.

Porque las mujeres y LGBTIQ vivimos la violencia en carne propia toda nuestra vida. En Argentina asesinan a una mujer cada 30 horas, en México 2 mujeres al día son víctimas de feminicidio, en Uruguay hubo más de 35.000 denuncias por violencia de género durante el 2024 y la historia se repite en todo Latinoamérica. Nos ponen en bolsas, en cajas, en tachos de basura. Y no nos hace ninguna gracia.

Julia Rayeb, Silvana Montezuma Urrutia y Daniela Di Bella

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